El embrujo de la Plaza de África

Plaza de África
Plaza de África

¡Que belleza!,(...).

Porque nuestra casa, siempre juega con el viento, charlando con las nubes y la luz. Y de esta manera, deja que el viento cree un vivo lienzo de evidencias de oro, agua y cielo, donde predomina el azul. En verde pinta dos imponentes murallas de roca: magnificas verandas que divertidas se asoman a dos mares, quienes intentan trepar por sus costas azotándolas con sus olas. Celosas…, estas dos murallas, guardan una agradable ciudad fronteriza, donde bulle la vida y donde nadie es extraño. ¡Y su existencia parece durar desde siempre!. En su interior, conformando con su nombre a todo un continente, una plaza derrama sus frescos jardines que, alrededor de hermosas palmeras rompiendo el calor del verano con su esparcida sombra, se alza orgullosa. ¡ Es la plaza de la Virgen de África! ¡Corazón de la bella ciudad de Ceuta, que late entre dos mares!.

Esta, como si de un navío se tratara navega entre dos mares, con velas de gigante que pareciera que siempre la hacen avanzar. Cerca, y desde una pequeña y tímida catedral, cúpulas de oro pintadas en sangre de mártires, lanzan sin cansancio brillantes destellos en rojo; señalando su sitio a Dios. Mientras, que a su derredor, el incansable viento sigue mesturando el lapislázuli del cielo, con tintes de trasparentes colores en azul y fuego.

En ella y deletreando las horas de cada nueva jornada, fluye el tiempo lentamente, haciendo crecer y… crecer… una trasparente luz que hace avanzar el claro solar fuego llenando los espacios limpios. Allí, los días, como siempre, se rebelan diferentes. Y en los mediodías, se alcanzan las hora mas silenciosas y redondas en las que todo se queda quieto y eterno. Es el tiempo en que, las hojas de los árboles de la plaza de la Virgen de África, dejan que caiga una sombra recta y pesada petrificando la eternidad. Es el lugar donde, escondiéndose bajo la bóveda arbolada de la plaza de los quemadores rayos solares, los paseantes transitan de aquí para allá, dejando que sus soñolientas miradas se deslicen lentamente entre las frescas sombras enlazadas.

Mas entonces y sin darse cuenta, disipando bruscamente el sueño, atónitos, los visitantes abren sus ojos: sintiendo que algo no humano, indescriptible y sólidamente plantado, descansa mansamente bajo la rotunda sombra de sus palmeras. Es su encanto y secreto, que deja que los pensamientos emprendan libre vuelo por sus cielos. Porque, la plaza no es un simple añadido, sino que como verdadera raíz de los arboles que la cobija e integrándose en ella, el jardín, la ciudad, y el mundo, se hacen centro de toda ella, alcanzando su sitio exacto en el universo.

Enamoradas la vista de la armonía de sus formas, los paseantes no ven posible emprender la marcha de nuevo, de nada sirven los ojos, cuando la mente conmovida cae en su encanto prisionera. Porque entonces, todos atrapados en ocultos mundos, que ya no se viven ni se ven, sienten, como un reluciente embrujo que proyecta paz y tranquilidad deja que inagotables sueños y anhelos fluyan combinados en su interior, cada vez de forma diferente. Son pensamientos de cosas llenas de historia y destino que crecen y se desvanecen al instante en sus hechizados pensamientos. 

De esta manera, poco a poco, el rumor del verdadero significado de la ciudad, les llega con pasos de visitante llenando sus corazones. Gorgoteos de nuevas inteligencias, se agarran a su perplejo juicio que, embriagado por los susurros de delicadas palabras no pueden ser rechazadas, reconociendo la belleza del lugar. Y como si fuera una revelación, la voluntad de lo hermoso aparece, y sintiendo la ciudad suya la aprehenden en su corazones. Allí, asediados por doquier de estas nuevas sensaciones, nadie se siente extranjero en ese nuevo mundo que brota en sus interiores. Y en una suerte ya fijada, todos alcanzan el esplendor cuando con consciencia participan en la esencia creadora de una ciudad inmemorial. 

Inmóvil y desplegando toda su belleza, reposa el jardín en el blando suelo de la penumbra de sombra. Y a pesar de la lejanía, la gracia de la quieta imagen de la virgen de África, se presenta en todos los corazones. Porque en ella y continuamente, toda la ciudad se llena de hombres nuevos. Y la plaza, siempre espera que nuevos paseantes lleguen a ella, ya que estos, siempre asombrados, alcanzaran las diferentes realidades que la historia y vida de la ciudad encierra. Y en ella, siempre brotarán nuevas sabidurías propias que, evitando estériles razones triunfales, llenaran a los que la visiten de bellos juicios colmados de agradables magias .

Porque, aunque cerrada, la ciudad, se muestra como llave que abre desconocidas puertas. Puertas, por las que continuamente entran mundos diferentes, que mostrándose frente a frente se reúnen en uno solo. Unos, de inestable equilibrio, fraccionados y estancados. Otros, nacientes, vivos, construidos con el todo indisoluble de la dignidad del hombre. Mundos, que aun enfrentados, en ella juntos siempre crean algo nuevo y esperanzador . Porque, en la ciudad y sin fisuras, cabe en su interior todo un suficiente universo, fabricado por todas las percepciones humanas que, en su intento de entender al hombre digno en su marcha hacia la libertad, se abren a lo ultraterreno. Al tiempo, trasparente, permite que la imaginación avance través de ella, encendiendo ilusionados entusiasmos sobre el incierto porvenir. Mudable…, su exquisita armonía en orden vivificante, enseña a sentir como ampliamente barre el aire otros pensamientos, dejándoles participar de su libertad. Así, quedamente habla siempre la belleza, y la anillada plaza permite nítidos reflejos. Reflejos que llevan susurros de palabras que siempre hablando de su querer de libertad, enseñan a sus hombres el maravillo sabor de una imaginación creadora.

Y aunque de vez en cuando, tiemble el centro del universo quebrando el instante eterno y las palmeras vuelvan a ser solamente palmeras y la plaza… una plaza, las gentes no despertarán jamás del agradable embrujo en ella conocido. Y aunque caiga de nuevo el tiempo y los paseantes retornen a la historia reanudando su cansina marcha, sus cabezas seguirán llenas de la belleza que esta pequeña ciudad dispensa a todos sus habitantes y visitantes. Porque…Ceuta…es un hecho que… ¡Siempre estuvo, está y estará!.

Y dejando todos sus días blancos y tibios, fundiendo los corazones embrujados…¡La tarde se pinta de nuevo! (...).

Javier Ángel Díez Nieto

Comentarios